Soberanía popular o el derecho a buscar el paraíso. Por VeasSolis.

No sé si bien recuerdo. El momento exacto en q inició el juego está perdido, solamente puedo precisar que he venido avanzando y moviendo las fichas de este gran tablero desde hace ya un largo tiempo. He aprendido la complejidad de las reglas, mil veces he tenido que detenerme abruptamente ante el rotundo límite, y cambiar mi dirección, saltando de carro en carro, de pieza en pieza. He construido puentes que unen lógicas opuestas, que parecían tan diversas en principio,  y no son más que un cortes transversales de los diversos aspectos que conforman la vida misma; esa única en que me hallo ahora, de laberinto en laberinto, persiguiendo la meta.

Constantemente me pregunto en medio de este mundo mágico, ¿De dónde vienen las reglas que estoy obligada a seguir? ¿Dónde está su fuente? ¿Es esa fuente la meta del juego? … ¡pero que inmenso disparate! Si la meta es el final al que aún no he llegado, y por tantas épocas, abnegadamente, las he venido siguiendo, no tiene ningún sentido. Y sigo preguntándomelo.

De las infinitas vías que puedo seguir, navegando en su enceguecedora variedad de colores, formas, indicaciones, desvíos, ideas destacadas, formas de interpretar, templos en que las palabras son exaltadas hasta la divinidad, opiniones mayoritarias, prístinas calles de adoquín que las cruzan modernas carreteras, biografías de los personajes destacados con nombres tantas veces musicales;  me decido por este amplio y difuso caudal que me llevará a la punta de la pirámide de Kelsen.

Horas y sudor invertidos me depositan allí, en la fuente de que manan las normas del juego que el ser humano ha estado transitando desde quién sabe cuándo hasta este momento glorioso.

Se desliza suavemente la niebla de la cima, y deja ver de entre las sombras un destello dorado, me encandila ferozmente, llega lentamente la imagen… cabeza… es plana… el gigantesco marco de oro labrado que abraza el espejo con mi cara, mis ojos, nunca más ciegos.

Y al fin comprendo, que el espejo es una puerta, que contiene un derecho, el derecho a crear las reglas que nos conduzcan al paraíso.

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